Antón el dragón



Autoría: Gloria Fuertes



Antón, el dragón, se cepilló bien la chepa, se cortó las uñas –que ya las tenía

como palas- y abandonó la soledad de la estepa.

Caminando lentamente –ni despacio ni impaciente-,

Así, Antón, el dragón,

apareció en una

población.





Era temprano; las claritas del alba. Todos dormían. El dragón iba despacito,

sigiloso, educado; pero al llegar a la plaza, frente al ayuntamiento, puso toda su

mole en pie, y con el hocico empezó a tocar la campana porque le dio la gana.

No, no fue porque le dio la gana, era para avisar a la gente de que había

llegado.

Toda la ciudad, en camisones, salió a la calle creyendo que había temblores –terremoto- o fuego.

También se llenaron de caritas, ventanas, ventanos y balcones, callejuelas y

callejones y hubo epidemia de bizcos al ver… “aquello”.

Pronto los guardias le cercaron con amenazantes fusiles en sus manos; los cazadores, con delgaditas escopetas; los labradores, con palas y rastrillos…

- ¡Pon, prorrompón porrompón porrompón!

- ¡Nicanor, para el tambor! ¡No toques en son de guerra! Este ovíparo viene en

son de paz –ordenó el alcalde.

- ¡Eso, eso! –dijo el dragón con un afirmativo movimiento de cabezota.

- ¡Bravo, bravo! –gritó parte del pueblo.

- ¡Es un enviado! –gritó el boticario.

-…Las sales… -susurró la alcaldesa y se desmayó.

Antón el dragón permanecía inmóvil, escuchante y observante, porque sus ojillos

–como mesas camillas- eran giratorios como los de sus hermanos enanos los camaleones.



En esto se acercó al dragón una moza romántica y musitó (o sea, que le dijo en

voz baja):

- ¿De qué lago vienes?

-De lago, nada. Yo estaba preso en la presa, princesa –le respondió Antón, el dragón. - ¿Serás un príncipe encantado?

- ¡De eso nada, monada! –contestó el dragón que, misteriosamente, era muy

chuleta (chuleta quiere decir castizo, castizo quiere decir echado para adelante, echado para adelante quiere decir valiente y anticursi, anticursi quiere decir no anacrónico y anacrónico quiere decir que ya no se lleva).


A todo esto, Antón, el dragón, seguía observando y escuchando los diversos comentarios.

Los niños decían: “! ¡Se habrá escapado del circo! ¡Que se quede! ¡Que se

quede!”.

Los viejos decían: “¡Pues si! ¡Lo que faltaba!”

Las viejas gruñían: “! ¡Éramos pocos y parió la salamandra!”.

Sólo los jóvenes palmoteaban ilusionados, como si hubiera ganado su equipo: “¡Alirón, alirón! ¡El dragón es campeón!


A su debido tiempo, cuando apareció la luna,

el dragón

bebió su agua en el pilón, y se enroscó bien enroscado,

echándose de costado,

tapándose con su rabo,

que extendido era al menos cincuenta metros de

largo.


En ese momento estalló una tormenta. Una extraña tormenta. ¿Tormenta, con la

luna puesta y millones de estrellas tintineando?

No, era que Antón, el dragón, se durmió con la conciencia tranquila y con la

boca abierta y por eso roncaba como un tren.

- ¡No lo despiertes! ¡Déjalo solo! –ordenó el alcalde, que estaba hecho polvo del trajín inesperado.


A la mañana siguiente….

Apareció todo el pueblo nevado.

No podían salir los niños al colegio,

Ni los hombres al trabajo,

Ni los coches de línea,

Ni las mujeres al mercado…

-¡Este dragón es un cenizo!

-¡Este dragon es un enviado!...



Y este dragon se despertó y empezó a echar su vaho sobre el pueblo nevado.

Empezó a echar sus llamitas, que derretían, pero no quemaban; su dulce

aliento, que calentaba, pero no incendiaba. Ye en pocos minutos, la nieve había desaparecido y, a pesar del frio, la ciudad estaba calentita, parecía el mes de

mayo.

Antón, el dragón, iba de puerta en puerta echando el vaho, y en todas las casas pobres parecía había calefacción.





Y los niños pudieron ir al colegio,

Y los hombres a su trabajo

Y salieron los autobuses de línea

Y salieron las flores en el campo.

Y las mujeres cotorreaban en el mercado.

- ¡Yo he visto al dragón!

- ¡Es verde el dragón!

- ¡ES monstruoso, puede ser peligroso!

- ¡Es un enviado! –añadió la mujer del boticario.

- ¡Vendrá la televisión!

- ¡Me voy a la peluquería!


Antón, el dragón, escogió la Plaza Mayor para vivir porque,

aunque campeaba y callejeaba a su antojo, le atraía aquel

pilón barroco.

Qué triste se puso Antón, el dragón, cuando oyó:

- ¡Van a venir más guardias del pueblo vecino para que el dragón se vaya por donde ha venido!

- ¡Es una injusticia –dijo doña Blasa-,

¡Pero si este dragón sólo hace bien por donde pasa!


A la mañana siguiente…

Salió el alcalde al balcón, con su cara blanca y su camisón; con su banda puesta

y su banda de música a la izquierda; el bastón de mando en la mano y el puro

en la boca…

- ¡Música, maestro!

A trompetazo limpio despertaron al dragón Antón.

- ¡Acérquese el acusado!

El dragón se acercó muy mosqueado.


El dragón tosió, por el humo del puro del alcalde, y al toser se le escapó una bocanada de aire limpio y calentito.

-Perdón, yo echo humo puro, no impuro de puro; señor alcalde, no contamine…

-Escuche, señor dragón, sólo se puede usted quedar en este pueblo si tiene una profesión.

-Sí, señor, quiero borrar la mala conducta de mis antepasados, que eran unos

voraces batracios, y como estoy harto de echar fuego, ¡quiero ser bombero!

- ¿Sabe usted escribir?