Antón el Dragón



Autoría: Gloria Fuertes



-No, señor, eso no…

- ¡Pero entonces no puede ser bombero!


A la mañana siguiente…

En el pueblo hacía más frio que nunca.

La plaza del pueblo estaba desierta.

El agua del pilón era una pista de hielo.

El chorro del pilón estaba helado.

La nieve llegaba a los ventanos.

Los niños no fueron a la escuela.

Las mujeres no pudieron ir al mercado.

Los camiones patinaban y no arrancaban.





Una ola de frio y de tristeza soplaba por el pueblo.

-No nos merecíamos a Antón, el dragón –lloraba el boticario.

El dragón se había ido por no molestar.

Caminando lentamente, ni despacio ni impaciente, el dragón se dirigía hacia

donde hubiera gente.


Carretera adelante iba lloriqueando –que también los dragones lloran y mucho

más que los cocodrilos- cuando, de pronto, giró sobre sus pasos y enfiló morro

al pueblo.

Por donde pasaba llorando, la nieve se iba derritiendo; eran lágrimas ardientes, goterones como piscinas.

Y así llegó al ayuntamiento.


El señor alcalde asomó los bigotes por el ventano.

- ¡Déjame quedar en el pueblo, señor alcalde! ¡Déjame ir a la escuela! Yo

aprendo a leer en dos días y usted me da colocación y me quedo en el pueblo

de bombero y de calefactor; si hay fuego, lo apago; si hay frio, caliento. Los

niños me quieren.

-Quédese, don Antón.

-dijo el alcalde al dragón.

(Y creo que a la alcaldesa le dio un soponcio y se quedó tiesa).

- ¡Quédese, don Antón!

-volvió a decirle el alcalde al dragón.

Y se quedó.